21 de diciembre de 2009

21 de Invierno

Al asombro del microscopio


Paso lento a paso lento y más lento paso lento.

De toda la tumultuosa y atropellada secuencia de los días brotan imágenes inconexas que todo lo pueblan. Vienen de aquí o de allá. Vienen del mundo y al mundo van como reflejos eternos en el gran espejo terráqueo. Lúgubres a veces, otras veces pletóricas. Las imágenes de los otros y de las otras, de la vida sin ti o contigo, de un sinfín de atributos que se ven venir y luego partir de nuevo rumbo Rebosando. La nitidez de tu rostro dormido. Una niña que no conozco de nada. La gata del vecino en la ventana mirando a la nada con gesto cínico. Y pasa una mujer descalza mirándose los pies. Y pasa una araña coja sobre el cristal de mi microscopio magnético. Y pasa la noche. Y pasa una bombilla que se funde y un sindicato que se funda y el submarinista ebrio se enfunda en su neopreno y duerme. Y pasa un helicóptero o un trueno. Y pasaba el sereno. Y pasa, también sereno, Silvino. Y pasa el rato. Y pasa, con verso quebrado, un cabreado solo. Y pasa, todopoderoso, mi gran amigo el raposo. Y pasa una racha de viento, o de tiempo, moderada. Y pasa por delante de mi microscopio un capo y un copo y un cupón para mañana. Y pasa un charco que pisé. Y pasa un charco que no pisé. Y pasa el Guernica. Y pasan, erguidas, las piernas que viajaron a Sevilla. Y pasan, sentadas, las manos que nunca hicieron la higa. Y pasan, de cuclillas, las mejillas coloradas de las mejilloneras. Y pasa una beata lívida, no de Liébana. Y pasa la sábana y la toalla y una estufa. Y pasa una duna y un tuno. Y pasa una sandalia sin dueño. Y pasa a paso lento el paso lento y más lento.

Todo lo entiendo así: sin entenderlo. Así, sin atraparlo. Dejándolo pasar solamente hacia ese incógnito agujero hueco del asombro.


y pasa Travis...



14 de diciembre de 2009



Desde donde el duende decidió dormir.




Desde divinos diluvios...


...Se ahondan y dudan,

pues ahondar es beber.


Desfilan difusos,

pendencieros,

dadores y dados,

domadores de mentes,

adocenados del caldo caliente.


Decid mentiras, si queréis.

Decid: -¡diablos!, ¡diantres!, ¡liendres!.

Desdecid después a vuestros dientes

pues guardan dentro, escondidos,

los remordimientos mal mordidos.


Desde donde el duende decidió dormir,

han venido diminutos disgustos

bogando en un dedal.

Y el edil de mi pueblo es idiota.

Pero ¿y qué?

¡Si a nadie más le importa!


Diversos y diáfanos, los días,

se divulgan y dividen

como panfletos políticos.

Mientras las damas idiotas se dibujan

párpados de hollín disidente.

Si al menos tú fueras diferente…


Decidme dónde habita

la divina tragedia del cuándo;

el idílico atardecer de entonces

o aquel deseo irredento y fiero

de no volver a morder

manzanas ya mordidas.


De jamás morir hasta después

de haber divertido y donado,

pervertido y sanado,

a más de dos.


Y de ti también me iré.

Y de todos.

Y de todo.


¡Y qué si me invaden los días!

¡Y qué si me rompen las olas

las rodillas!


Decidme: ¿qué camino

me llevará del hastío

hacia el delirio?


Mostrádmelo ahora

pues lo necesito.



9 de diciembre de 2009



Mi fortuna es un hogar

[de asoleceres y hogarecidas]



Vengo del bienestar al también estar… y tan bien. Vengo de mi hogar a mi casa y hogar. Me fui con mi hogar a mi hogar y luego volví a mi hogar y con él. En medio, el camino. En medio, canciones.

Aquí y allí, el hogar y distintos. Aquí y allí, dos pequeños rincones en el inmenso infinito. Aquí y allí, gigantes abrazos ansiosos por llegar, por colmarse y calmar la sed del añorante. Abrazar el hogar y quedarse tumbada en el sofá, tranquila. Dejarse abrazar en el hogar con el hogar también dentro. Ser hogar. ¿Hogareña? No, y tampoco casera; sólo hogarecida.

Cuando se acerca el invierno, hogarecerse es el más sabroso de los condimentos del día, suculento manjar de no siempre. Guardar las manos en casa y los pies de un charco. Salvar las orejas del viento y la nariz de la escarcha. Recoger la melena en un moño y sobre el moño una tienda de campaña. Zapatillas. Lucecitas. Y escuchar las campanas fuera, y escuchar las tormentas fuera, y disfrutar de la luna pequeña rodeada de un marco-edificio paraíso de palomas, gatos y gaviotas.

Estas habitaciones invernadero también hibernan. Se han venido conmigo a vivir y a la inversa; que no es morir, sino compartir intimidades.

Y ahora me pregunto, ¿habrá quién no quiera hogarecerse? ¿Habrá alguien en el mundo que no tenga un pequeño refugio para sí? ¿Un lobezno sin madriguera? ¿Será posible con este tiempo luchar cara a cara contra las borrascas? Y los abrazos, ¿quién se los dará?.

Y ahora pienso que es verdad que hay quien no puede hogarecerse en invierno. Hay alguien en el mundo que no tiene un pequeño refugio para sí. Hay un lobezno sin madriguera. En este instante alguien lucha cara a cara contra las borrascas en el inmenso infinito. Y los abrazos, nadie se los da. Ni los buenos días nadie.






Y ahora siento la terrible soledad del abandono.

Y me visita la rabiosa soledad del apartado.

Y ahora siento la impotente soledad del exiliado.

Y me envuelve la oscura soledad del calabozo.

Y ahora siento la inevitable soledad del solo.

Y me enluta la injusta soledad del ciego.

Y siento ahora la silenciosa soledad del sordo.

Y esta hogarecida soledad asolecida.



3 de diciembre de 2009


Una canción nace, crece, se reproduce y…

Una canción nace, crece

y se reproduce.

[En diferentes formatos]


Esta canción nació en el año 1970 cuando Patti D’Arbanville, por aquel entonces compañera de Cat Stevens y actriz de inspiración Warholiana, viajó desde Londres a Nueva York por cuestiones de trabajo. El añorante Stevens sintió el dolor de la ausencia donde otros hubieran sentido sólo el de la distancia y recreó la escena más triste que crearse pueda. [Bien lo sabía Poe cuando escribió The Raven y bordó un "Nevermore" en el corazón de todos cuantos han leído esos versos.]




Pero Patti no estaba muerta, que estaba de parranda:


Stevens escribió esa canción cuando me fui a Nueva York. Me fui por un mes, no era el fin del mundo, ¿no?. Pero él escribió esta canción acerca de "Lady D’Arbanville, why do you sleep so still…”. Es sobre mí muerta. Así que mientras yo estaba en Nueva York, para él era como si estuviera tumbada en un ataúd. Escribió eso porque me echaba de menos, porque estaba deprimido… Es una canción triste.


Patti D'Arbanville


Es una canción triste, sin duda, pero tan bonita que te pone alegre. Hay canciones que abrazan igual que abrazan los brazos que saben abrazar, con cariño, con fuerza; como sosteniendo el mundo durante un momento.

Conocí a Lady D'Arbanville bajo el cielo estrellado de una noche de verano, junto al fuego. Desde entonces ha venido conmigo a todas partes. He buscado versiones, las he hallado; he buscado acordes y lo he intentado, pero no puedo con otra versión si no es también de su autor. No me preguntéis por qué. Será porque se equivoca y dice "mierda" en plena actuación. O porque es ésta y no otra la que escuché aquella noche bajo las estrellas, y es ahora su huella lo que busco con la esperanza de que vuelva a sostener el mundo durante un instante. Lo bonito es que siempre que se lo pido, lo hace.



28 de noviembre de 2009


Casimira, nueva habitante de Utopía


Casimira no veía, por más que miraba. Ella creía, por menos que sentía. Y era admirable en su dejadez. Tenía las uñas largas y el paso firme; sin embargo, le temblaba la voz ante el más humilde. A solas era una diosa, en conjunto se hacía diminuta como una viruta de serrín y a serrán, las campanas de la poca gracia que tenía.

No era parca en palabras, sino nula. No sabía decir más que chorradas y brutas. Porque cuando abría la boca se le espantaba el ingenio y se metía en la lámpara maravillosa de las ideas perdidas, que le hacen a una ser sosa y a quien la describe muda. Casimira, a pesar de ser todas estas tristes cosas, era, además, una enamorada de su enamorado. ¿Que cuál es su nombre? Pues Casimiro, lógicamente. Y era este Casimiro un hombre mitad lobo mitad duende. De fieros colmillos y concentrada frente. De buenas costumbres y, él sí, dotado del don de gentes. Gentil.

Casimira y Casimiro se amaban al modo cortés. Se traían tal respeto que se llevaban al huerto sólo en fiestas de guardar. Eran tan amables el uno con el otro que no podían más que amarse, pues no quedaba hueco en ellos para otra cosa. Pero hete aquí, mi muy querido lector multicolor, que una noche cualquiera de las de fuerte ventolera, Casimiro no regresó.

-¡Ay, mi Casimiro!, se lamentaba su dama. Y por más que la pobre gritaba, él seguía lejano allá a donde quiera que huyera. Nunca más se supo de Casimiro. Si fue feliz o desdichado, si permaneció vagando en busca de la distancia, o si se perdió para siempre en la panza del buey moreno… Eso preguntadlo a los hermanos Grimm porque yo sólo sé que Casimira, hastiada de una vida sin su costilla, decidió emigrar a Utopía. Y aquí la tengo, dormida, soñando con el cuento sin fin donde, al fin, Casimiro vuelva.

Aunque ese cuento, habrá de contarlo ella.




20 de noviembre de 2009



La ley del deseo



Las verdades más hermosas las dicen los que no pueden hablar. Así, callados, parecen sonrisas mudas en un cuadro de Leonardo; la viva representación de lo enigmático.

Una curvatura que convierte todo contenido en duda y pone entonación ascendente en la monótona transacción entre ente y ente. El discurso. El blablá. El correveydile; un tetengoquecontar que ni te cuento. Y la gran vorágine interminable de abecedés se ve sorprendida de pronto por el enigma.

Pero hay algo que los que no pueden hablar tampoco pueden decir: lo que está por debajo de las ganas de verdad. El impulso mismo que nos mueve a hablar, a escribir, a comer y a vivir. Es la ley de ese intento nuestra ley. Es el ansia de sentir, el anhelo de poder, la querencia de existir, la ilusión de ser. Diferenciarse entre el barullo con una n, una o, una m, una b, una r y una e. Entre el blablá, desvelar el enigma. Acceder al meollo de nuestra cordura y extraer de la propia carne esencia de hombre, aroma de humano, o un alma de fantoche apenas.

Al fondo del enigma hay eso que somos, puro y desvalido; arropado entre letras o fonemas. Eso innombrable, eso que gime, eso que late, eso que nos conduce de dentro afuera buscando aire. Eso que nos da la vuelta y vuelve, que nos rodea pero nunca nos sostiene, que nos hace renquear desde la mañana a la tarde y de ahí hacia la noche para postrarnos después, esperando otra ocasión al día siguiente. Una nueva oportunidad de sentir, de poder, de existir, de ser. Siempre vivo, siempre atento, siempre dispuesto a embarcarse en un nuevo duelo.

El enigma es lo que somos y es la ley del deseo nuestra ley.


17 de noviembre de 2009




Quiero ver cómo se te arruga esa cara, dijo.






15 de noviembre de 2009


El cuento de siempre

el mismo cuento

[o una tarde de domingo]


Vamos. Vamos ya. Avanza, tarde de domingo. Devórame. Pasa por encima de mí como por sobre el agua derramada de un florero harto kitsch. Devuélveme al mundo de las hadas de un manotazo.

Vamos. Vamos ya. Avanza. ¿Son las hadas libres en su mundo de hadas? ¿Son libres las caracolas en el fondo del mar? ¿Y las musarañas? ¿Y la muselina? ¿Es libre la muselina?

Vamos. Vamos ya. Avanza.

Sé, tarde de domingo, que no quieres seguir siendo tarde de domingo. Quieres huir tú también, como Trapo a su trapecio, como Plato al estrellato, y perderte en ese mundo de ensueño donde toda la belleza se da cita a altas horas. Y es hermoso, sin embargo, que te vayas.

Vamos. Vamos ya. Avanza, tarde de domingo. Avanza sobre mí a tu antojo. Soy toda tuya ahora, una alegoría de todo cuanto se inmola. Soy el testigo perfecto de lo sublime que hay en ti, de lo adorable. Me quedo pasmada al verte.

Pero no quisiera que te quedaras para siempre siendo tarde de domingo, porque tengo entendido que las mañanas del lunes son más bien peliagudas. Todas ellas ceñudas y duras como rocas. Me recuerdan las rocas. Y las rocas al mar.

Y los martes, que se han vuelto mis retoños favoritos, libres y bonitos, benditos. Y los miércoles, los jueves y los viernes.

Y después del sábado vuelves. Tú, tarde de domingo. Vuelves una vez más y te cuento un cuento. Y entonces te digo adiós. Adiós, tarde de domingo.

Y mientras tú me abrazas, va llegando la noche de domingo agazapada.

Por debajo de la mesa me va tirando de la manga.

Vamos. Vamos ya. Avanza, me dice la noche de domingo.

Y yo voy. Voy ya.

Avanzo hacia la noche de domingo.



This is it ;)

14 de noviembre de 2009



Las cosas eternas



Tú hubieras querido una mañana eterna con caracolillos de mar o una tarde interminable de cálidos abrazos. Incluso una noche en do, una noche en do, una noche en do. La noche en do es una noche de lluvia y frío. Las noches en do son una gabardina, apenas. Una colilla húmeda. Una plañidera. Las noches en do sí son eternas. Pero ¿qué hay de las mañanas con caracolillos de mar y las tardes cálidas? ¿Por qué no son eternas? No son eternas. ¿Por qué no son eternas las risas? No son eternas.

Tú hubieras querido una suavidad sonora, una sensación sabrosa, una saludable suerte a tu antojo. Y no. No son eternas. Ni son eternas las mariposas, tampoco. Ni lo son las cosas eternas, pues ¿qué será de las cosas eternas cuando nosotros, que no somos eternos, dejemos de decir que son eternas?. ¿Qué será de los versos cuando les exijan ser álgebra?. ¿Qué va a ser de las lunas cuando les pidan facturas?. ¿Qué va a ser de ti, que eras también eterno hasta ahora? ¿Qué será de Papá Noel cuando nadie crea en él? Si yo ya no creo…

Pero sí creo, sin embargo, en ti perecedero. En ti terminado, acabado y quieto. Sí creo en que las mañanas con caracolillos de mar y las tardes de cálidos abrazos, aunque no eternas, son igualmente bellas. Sí creo en que las mariposas no necesitan ser eternas. ¿Para qué quieren ser eternas? ¿Si las larvas hacedoras de seda hubieran sido eternas, qué habría ocurrido con el anhelo de llegar a ser mariposa? No. No son eternas. Pero sí creo que las cosas eternas, serán eternas mientras nosotros, que no somos eternos, queramos que ellas lo sean.

Sí creo que hasta el álgebra puede convertirse en poema. Que las lunas desde el cielo no pueden pagar facturas, pero seguirán girando cuando ya a nadie le importen las facturas. Creo que tú, que también eras eterno hasta ahora, serás a partir de ahora más eterno que nunca.





Y Papá Noel es lo de menos… porque ya todos sabemos que Papá Noel sólo es un tipo con barba promocionando bebidas gaseosas.

Sólo hace falta aprender a escribir bajo el agua.



9 de noviembre de 2009


Convertir en oro todos los metales

[o conversaciones con extraños V]

-Hola, soy el hada Armonía y vengo a cantar a tu lado.

-Bienvenida.

-Tengo una canción muy hermosa para cantarte. Se titula: “Convertir en oro todos los metales”.

-¿Es alquimia?

-Es magia:


Triángulo. Tetraedro.
Tronco de roble bien grueso.
Trepanadillas de col, tortilla de caracol, coral con queso, currusco de sol reseco. Sustancia. Esencia.
Sincopado con duende donde tranquilos tahúres desusan las palabras y las trascienden.
Trueque. Trote. Tirabuzón.
Tirolinas arquitectónicas y trotamundistas, propagandistas del buen soñar.
Tímpano. Temporal. Tentación de tentaculares timbales que tintinean tercos y rutilantes.
Testosterona. Topacio. Terminator. Tú.
Tiestos tumbados y sedientos de flor buscan cobijo dentro. Taimados surtidores de termos terminan la tarde atontados. ¡Trémulo atracón de tremendo mercado! Trueque, torpones. Tambor.
Tuétano. Tímido. Tango.
Tísico. Tóxico. Yámbico.
O un djembé tiritando.
Trampolín. Tornasol. Traqueotomía.
Tatarabuela. Theremín. Tartera.
Timón. Telita. Tú twice.
Tarabica también; tipo torpón.
Todos tentando a la suerte. Todos intentando un tono. Todos tratando de ser.
Y entretanto…






-Armonía, Armonía, despierta. Has de acabar la canción.

-¿La canción? Ya la he terminado.

4 de noviembre de 2009


La dulcificación con creces

[o esos amaneceres obtusos]


Candor tibetano en un remanso claro.

Silvestre hojarasca por el viento mecida danza.

La noche a oscuras. Lejos. Lejos.


Una fina lluvia ligera sobre la piel desnuda.

Un diario íntimo. Una oruga labrando lenta.

La lejanía. Toda la lejanía adentro.

La perfecta distancia para ver con creces.

Y su consiguiente dulzura.

Su dulce aroma suave.

Su vinagre también. Oscuro y crudo.


Lento. Lejos. Entra el tiempo dentro.

Y viene la noche ciega

arrebatando la ensoñación del sueño

y abriendo a raudales estos

mis tristes ventanales.


Y así, de pronto,

me halla el mundo.

Despierta.

Medio viva y medio muerta.

¿Aún dormida?

Queda.


La estancia toma forma.

Vuelve.

Entro en el punto culminante

de mi lentitud plomiza y lanzo

anzuelos esperanzados aún descalzos.

Si pescaran ritmo al menos…


Y al menor toque en el suelo,

bailan.


23 de octubre de 2009



Acontecía un día y así os lo cuento.


El cuento que acontecía.
[o conversaciones con extraños IV]


Había una vez un trapo de cocina que se empeñó en hacerse trapecista. Aprovechando una ráfaga de viento intempestivo de esos que levantan en vuelo casi hasta con cariño, el trapo aquél, funambulista en ciernes, voló hacia el cielo dejándose reposar nuevamente sobre un cable eléctrico. Allí colgado, tendido como un difunto abatido, quedó posado, dormido, el trapo recién huido. La que os lo cuenta no da crédito todavía a aquel acontecimiento. Pero lo más curioso del caso es que el trapo trapecista sigue colgando en su trapecio y a veces, el viento fiero, lo toma cual si fuera un pañuelo de seda y adorna el aire con saltos mortales e increíbles piruetas colosales.

Ayer, de pronto y contra todo pronóstico, pasó lo que pasa en los cuentos: un encuentro.



–Hola, dijo el pájaro Pico.

-Hola, respondió Trapo.

-¿Qué haces ahí colgado?

-Soy un trapecista, y éste es mi trapecio.

-¡No seas necio! ¡Eres sólo un trapo de cocina!

-Mi nombre es Trapo, pero mi vida es el trapecio.

-Yo me llamo Pico y mi pico es mi vida, además de mi nombre.

-Pues lo siento mucho, pajarillo conformista.

-Pues no lo sientas tanto, insaciable trapo artista. Yo puedo volar solo y contra el viento.

-Sí, y es hermoso verte en el cielo. Ve, muestra tu belleza al mundo entero y déjame aquí tranquilo en mi trapecio.

Y el pájaro Pico, satisfecho, dejó a Trapo Trapecio tranquilo.


Tras el encuentro, la moraleja:

para ser trapecista

no hace falta un trapecio;

hacen falta tan solo,

unos buenos reflejos.

Xa chegou o frío,
xa caeu a folla,
xa quedou a cousa
que pousa pousa pousa.



PD. mi primer libro acaba de ser publicado: http:/alfondodelvaso.blogspot.com

20 de octubre de 2009


inspiración



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10 de octubre de 2009



El ser secreto que habita en los adentros

[de cualquiera]




[Parto desde los vericuetos de mis noches a los confines del día.

En el camino me detengo junto a un minuto que se ha parado a un lado en la vereda para recordarme al oído que al día hay que llegar despierta.]


Entretanto os contaré un secreto.


Desde el mirador adentro siempre

otea la figura de un submarinista ebrio;

escapó de la ciudad a un nido

de algas y escondido

de sí mismo boga a la deriva.


No es un alimento sano

este displacer continuo

de vivir

bajo las aguas solo

y existir

sobre la superficie mudo.


Deshaciendo el nudo

de la corbata se deshizo

también el de la garganta

y ahora sólo canta.


Un caparazón con alma.

Un alma tan bien bordada

que hasta las reinas la querrían como almohada.

Pero no es de seda, sino de parca lana.


La mestiza luna,

mitad negro puma, mitad espuma,

espuria,

va cabalgando a lomos de una leve bruma.


Todo en ti fue abordaje.

Una zambullida ciega

allá en la eterna tierra

donde el canto de la sirena

no se detiene.


Una y otra vez las olas

te baten contra la roca.

Y tú te inmolas con dolor

contra esa roca:

profeta de lengua rota,

encallado el cayado,

encanecido

y en el ojal un clavel enmohecido.


¿Quién hablará de ti?

¿Quién sabrá de tus hazañas,

héroe de las contradanzas?

Tiritas a la vez que bailas.

Te me escurres

entre las palabras.


Personajillo huraño que sólo das para versos…

¡quién te contuviera en sus adentros!



8 de octubre de 2009

Bang Bang


Al igual que hay distintos modelos de Barbie, hay distintos modelos de Nancy.

A mí la que más me gusta es la Nancy Sinatra. Aún vestida toda enterita de rosa y peinada como una actriz de culebrón, tiene una cosa en sí… algo así como la cosa en sí. Y es que no es sencillo describir cuál es su gancho.

Si cantara cualquier otra cosa pensaría:

“Vaya,
mira qué chica tan rosa.
¡Anda,
se va rodando!
Qué curiosa.”


Pero canta Bang, Bang. Y a mí esta canción me encuentra.


[Cuando alguien te llama por teléfono expresa y únicamente para que escuches una canción, es que está convencido por entero de que esa canción te va a gustar:

-Bang Bang, ésta es Carol.

-Carol, ésta es Bang Bang.]






Esta canción me encuentra porque, además de encontrarme aquel día, desde entonces me sigue encontrando cada dos por tres. Se adapta a todo. La cara y la cruz en un solo intento. Lo mismo puede ser un dulce chicle que canta (ver Nancy) o una tigresa con cresta esculpida a brochazo de escalpelo:






Cualquier pose le va al pelo a esta canción abisal.

Amor y muerte unidos en un eterno cantar que lo mismo suena a trágico que a tierno, a violento a la vez que sensual. Una quemazón por dentro. Un vaivén interno. Un suave desasosiego que acuna un placer ligero. Una canción encrucijada. El paradigma del todo frente a la nada, la más asombrosa naturalidad desparramando un enjambre de interrogantes encima de la mesa. Y pican con sus aguijones todos esos interrogantes de los…


Bye Bye.

(I'll never shoot you down)