17 de junio de 2016

Fuera de lugar

Esta angiosperma hora de la madrugada
con su noche incrustada en la popa
nos está llamando a gritos.

En las marmóreas fauces
que huelen a anís del mono
y requesón,
donde las escaramuzas
se descubren y pierden
la poca gracia que pudieron
un día tener,
va quedando lo único,
lo que pesa,
sobre el mantel.
La contienda, si un día la hubo,
quedó en el campo de batalla.
Ya estará yerta.
Ya estará mustia y seca.

Nunca sabremos a ciencia cierta
cuál es el rincón del mundo
en el que deberíamos estar.
Atrás quedaron las estulticias
de la niñez, con los torpes
enarbolados mitos rocanroleros
y los indios y los vaqueros.

En este mejunge espeso, intenso,
ensoberbecido de sabor,
enamorado de sí mismo,
hay un sitio para cada uno.
Pero dónde.

Surcan el aire recuerdos perfectos,
noches mágicas, veladas
de intrépido vuelo.
Y pasan estampando el paisaje
cientos de planes en varias direcciones.
Todos llevan palabras en sus picos
y canciones en sus alas metafóricas.
 
Cuando me visite el fantasma
de las navidades pasadas, presentes y futuras
espero que me traiga hasta aquí.
Y aquí me deje.

Serie "Fuera de lugar", Carol Bret, 2016


 

4 de junio de 2016

18 de mayo de 2016

Retazos de infancia


Recuerdo la primera vez que alguien me miró como si fuera marciana. Fue en el colegio. Yo debía de tener unos siete años y vestía el tonto uniforme escolar de color azul marino que me convertía en una pequeña monjita remilgada (o "monjita empollona", como me dijo mi amiga Pepita en una ocasión), camuflando el corazón indómito que latía debajo.

La cosa fue que me invadió una duda y con ella me dirigí a un compañero de curso con el que tenía buena relación. Le dije:
-Oye, ¿tú sabes de dónde salen los mocos?
-De la nariz, respondió raudo y veloz como si estuviera en Saber y Ganar.
-Ya, le dije, ya sé. ¿Pero cómo llegan hasta la nariz?

Y entonces ocurrió. Sus ojos se abrieron de par en par como si yo me hubiese metamorfoseado en ornitorrinco y con cara de pocos amigos respondió: -Pss. Y se fue.

"Mamá, no me saques más fotos", 1985.


 

15 de abril de 2016

Lucinda

Eran las calendas de abril. Al despuntar la mañana las flores se abrieron de par en par, no las ventanas. Los pájaros se desperezaron de un plumazo y levantaron el vuelo generosos, adornando el cielo de estampados gorjeos. Ya nada detendría la salida del sol. Vencería sin duda a la noche y la destronaría de su hegemónica eternidad para atraparla en un día.
Con el mismo espíritu vencedor, nuestra buena amiga Lucinda descolgó del perchero su abrigo, arremolinó sobre el pescuezo la bufanda y salió presurosa de aquella casa. La esperaba una calle mojada por la ligera llovizna que empezaba a disiparse. El frío viento del norte cortaba la piel. Aceleró el paso. En su interior un pálpito caldeó de un soplo su pecho y la hizo estremecer. ¿Acababa en verdad de hacer aquello? ¿Había sido capaz al fin de cerrar la puerta y partir? Lo estaba haciendo, sí. Estaba marchando hacia delante. Sola.
El corazón se desbocaba cabalgando sobre aquellas piernas decididas que avanzaban. Se embriagó de seguridad, de autoestima, de poder. El aroma de aquella mañana en ciernes era el puro aroma de la libertad. Respiró hondo, elevó los brazos al cielo. Quería tocar las nubes con las puntas de los dedos, extender su piel como una túnica que abarcara el mundo entero y lo retuviera fugazmente en un abrazo. Quería prolongar aquella sensación de omnipotencia un instante, aprehenderla, para no volver a traicionarla jamás.
Pero eran las calendas de abril. Y abril es un mes muy extraño. Cuando Lucinda cruzaba la calle, aquella puerta se abrió. De aquella casa salió un hombre enfurecido. El odio subía a borbotones hacia la boca atragantando el gaznate. Quería matar. Y mataría.
No tomó abrigo, tampoco bufanda. Pero en el puño apretado de la mano derecha sujetaba con fuerza un cuchillo. Descendió los escalones de tres en tres. Una ira ciega había ido depositando sus miserias en las comisuras de los labios, y de su boca entreabierta asomaban dos peces blancos de saliva escarchada. Llegó a la calle. Al fondo, no demasiado lejos, la figura familiar de Lucinda elevaba las manos al cielo para tocar las nubes con las puntas de los dedos.
Desde atrás, sin pronunciar una sola palabra, aquel hombre se abalanzó sobre ella, amordazó su boca con la gran manaza izquierda y hendió en la carne tierna todo el brillo estridente de aquel improvisado puñal. Dos fueron directas al estómago, tres hirieron el corazón, y cuatro, ya en el suelo, encharcaron los pulmones.
Apenas se oyó un gemido. Seguían los pájaros con su vuelo, gorjeando impávidos. El sol había vencido a la noche por un tiempo, las flores celebraban su esperado festín de luz y Lucinda, a pocos metros de la puerta de aquella casa, yacía en el suelo asesinada.

Foto: Amanecer en Ponferrada, Carol Bret