Petrificando la duda en medio del laberinto;
te miro y te admiro desde estos versos acueducto.
Entre tu mugre hay un intervalo siniestro
por donde se cuela la noche en pura esencia.
Y llegan hasta ti los secretos del vecino
sin moverte de este catre o galimatías.
Luego lo escribirás bien claro en letras yertas.
Te tiritan las comas y los puntos y te ríes.
Tienes el corazón dichoso del ermitaño lúcido
que se emboza en un pijama de muñeca.
Tu sencillez, poeta, hizo la norma.
Tus acrobacias nicotinómanas le dieron forma.
Y ahora, yaciente como un fraude de difunto,
te retuerces entre tus mil noches ratonera.
Vagas sin mover una pestaña
con cara de querer a todo el mundo.
Eres ojos de cordero y dientes de ajo.
Eres viborilla de los parques
y paloma en los jardines.
Una fantasmagoría hecha ombligo.
Te miro desde estos versos en tu lecho de inopia
y me pregunto qué demiurgo te dio forma.
Ser extraño, medianía entre lo claro y lo confuso.
Entre tu ser y tu parecer hay un gran pozo
por donde se cuelan tus amores agoreros.
Misántropo y sedicioso,
eres un bucle entre las raíces de dos flores;
una se llama ternura y la otra no se deja definir.
Más de una vez se preguntan
en qué yunque forjaron tu entereza.
Ellos no te ven entre tu legajo de sábanas
tratando de arrancarte del ensueño
para ir a arrojarte de bruces contra un mundo
que no te sabe medusa, ni liquen, ni madreselva.
Ahí estás planchando tus ideas,
buscándote entre los huesos un buen verso primero.
Te palpas las sienes y te sientes corpóreo;
todavía no entendiste que eres un verso;
no un beso.
Pero un orgullo intrínseco a tu fuerza
te reclama mil noches más contra la almohada.
Desde el techo de tu propia fantasía,
te miro y admiro tu ego-elitismo:
Te has arrancado los ojos en castigo
y así no ves más que lo que llevas dentro.
Bravo por tu insolencia y tu talento,
y réquiem por aquello que rompiste.
Tu pluma es un alambre que abre puertas
mientras golpea tus ojos la luz de la mañana.
Te quieren vivo para entregarte a la muerte.
Te quieren reo para perdonarte la vida
en una algarabía de clemencias que te aplauden la paciencia.
A ti, que vas servido de servidumbre hasta las cejas.
Eres ninfa en los bosques
y orco en las fauces del que atrapa mariposas.
Te hiciste con un cojín para la nuca
y un humedal de sábanas a rayas.
Te envolviste en tu crisálida de estiércol
y descubriste todo cuanto parecía cierto.
Amaneces abrazado a tu tarea
de dejar preñado al mundo con tu prole.
Ojalá lograras ser apenas medusa,
o rincón con mil noches libres de carga.
Nadie te obligó a ser quien eres.
Fue tu indomable desquicio de salmón
o tu indescifrable piel de cebra.
Ya es de día. Ya es de día otra vez.
Ahí escondido del barullo pareces un lechón ceñudo.
Lo que viste una vez no te dejó ya nunca.
De la noche de ayer sólo recuerdas su aroma,
pero no retuviste ni un solo embuste.
Eres fantoche sin tablas.
Y cocodrilo de río.
Te bates y debates como en un trapecio
haciéndole cosquillas al destino.
Te dirán cretino quienes no te entiendan.
Pero yo, mirándote en estos versos difusos,
sé que te cargaste a hombros un cuaderno
para recordarte un juramento que agoniza.
Despierta, poeta, ya es de día.
Has de arrojarle a este mundo tus migajas
y ya veremos a qué gaviotas alimentan.
Mientras, deja que te afloje la mordaza y
confía
en que por una vez, quizás mañana, te besen en la boca
sin espada.